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Cuentos de la blanca flor

 


Presento una colección de siete narraciones cortas relacionadas con las vivencias de la infancia en un pueblo de la Jara toledana. La intención al escribirlos es también rescatar del olvido las tradiciones rurales que todavía estaban vigentes a principios de los años sesenta del siglo pasado, como la de los quintos, el pan de horno casero, el desfile de la Vaquilla y alguna más.  
   Dejo en esta entrada un resumen en formato .pdf que consiste en la página de inicio de cada relato. 



   Este libro se presentó el 30 de julio de 2022 en la Casa de la Cultura de Sevilleja de la Jara. 

    Es autoedición, hecha con cuidado y de forma artesanal, como el pan referido, con algunos conocimientos de maquetación. 

Actualmente se vende en:


La mili y los quintos

Han sido una institución en los pueblos hasta la desaparición del servicio militar obligatorio. Hoy en día, aunque ya no van a la mili, siguen reuniéndose  los chicos y las chicas que nacieron por las mismas fechas. Creo que la escuela, donde están juntos, los une más que el ejército.


Resumen del servicio militar y términos más comunes


1. Durante el Antiguo Régimen los primeros Borbones Felipe V y Carlos III instauraron el sistema de quintas inspirado en el reclutamiento francés.  Se reclutaba mediante sorteo a uno de cada cinco jóvenes de entre 18 y 40 años, que se iban a la guerra a “servir al rey”. De aquella época procede la palabra que todavía hoy se sigue usando para llamar a los jóvenes en edad militar.

2. En la etapa constitucional desde la Constitución de 1878 y hasta 1912 el sistema de reclutamiento de jóvenes se caracterizó por los problemas sociales que provocó para el país y sobre todo para las clases más humildes. Las sucesivas leyes favorecían a los que podían librarse del servicio militar, mediante el pago de la exención o el pago a un recluta sustituto, para que fuera en su lugar. Mientras tanto, las clases populares veían impotentes cómo las guerras coloniales se llevaban a sus hijos, que morían en Filipinas, Cuba o Marruecos. Cualquier picaresca era válida para evitar el reclutamiento, por ejemplo bautizar e inscribir al niño con un nombre ambiguo que pudiera confundirse en el registro civil con un nombre de mujer: Reyes, Trinidad, Consuelo.


3. El estallido social que se produjo durante la Semana Trágica de Barcelona en 1909 hizo cambiar ligeramente la ley al gobierno Canalejas, que en 1912 introdujo la figura del soldado de cuota. Ahora la mili era obligatoria para todos, pero algunos podían comprar el privilegio a la libre elección de destino y el privilegio a la reducción de tiempo en filas: de los dos a tres años de servicio activo podían reducir diez meses si pagaban 2.000 pesetas y cinco meses si pagaban 1.000 pesetas.

4. Al final de la Guerra Civil la República recurrió al reclutamiento de las quintas de 16,17 y 18 años (la quinta “del biberón”) que más tarde, al finalizar la guerra, tuvieron que repetir el servicio militar durante dos años. En la franja de edad de los mayores, la República llamó a filas a los reservistas (los que ya la habían hecho el servicio) nacidos de 1915 a 1917, llamados la quinta “del saco” porque llevaban de casa los cubiertos y la ropa metidos en un saco.

Hoyo de Manzanares 1954
5. Desde 1940 todos los jóvenes, los mozos, se alistaban en el ayuntamiento de su localidad en el año en que cumplían los 19; eran convocados para la tallación y si no tenían ningún impedimento físico eran declarados aptos para el servicio. Al año siguiente eran sorteados en la Caja de Recluta, donde se les asignaba el destino y la fecha de incorporación. África era el destino más temido ya desde la época colonial. Con un poco de suerte podían ser excedentes de cupo y no hacer la mili. Durante los años 40 hasta mediados de los 60 se iban a la mili con 20 o 21 años para hacer un servicio de dos años. En el cuartel o en el Centro de Instrucción de Reclutas, el periodo de instrucción teórica acababa en el acto solemne de la jura de bandera que transformaba al recluta en soldado. Después terminaba la mili con un destino particular en cuarteles o dependencias militares.


6. La evolución de la sociedad española produjo cambios desde mediados de los años 60 como la reducción paulatina del tiempo de servicio, la nueva mayoría de edad y el aumento de las prórrogas por estudios, de los prófugos, de las objeciones de conciencia y de la prestación social sustitutoria, hasta llegar al 31 de diciembre de 2001, en que fue suspendido el servicio militar. 



Sevillejanos rodeando orgullosos al cura y a cinco soldados (década de 1940)



Artículos de Francisco López de Castro sobre el servicio militar publicados en el Programa de festejos de San Sebastián 2018 y 2019 (Belvís de la Jara)
 
 
 
 




El cuento del abuelo y otras vivencias



Cubierta del libro



A veces podemos encontrar figuras humanas de una talla imponente. Saturnino es una de ellas. Lo conocí cuando buscaba fuentes orales sobre la guerrilla en la Siberia extremeña y la Jara para la redacción del libro de la entrada de más abajo. Estamos frente a un testigo vivo de la historia de España, que a sus 97 años recuerda sin rencor su pasado junto a su familia en Carabanchel.

https://es-es.facebook.com/restaurantelaprensa/

En este libro me complace presentar la autobiografía de un resistente a la dictadura, forjado en la lucha por una vida mejor y más justa en los años de la República y el Franquismo. Satur nos presenta un recorrido vital extraordinario, escrito en principio para contestar a las preguntas de sus nietos que querían saber por qué el abuelo había estado en la carcel. La respuesta arranca narrando su infancia como niño pastor en la Siberia y sigue contando las peripecias del grupo de enlaces de la guerrilla que organizó en Herrera del Duque (Badajoz). 

Los años de cárcel dejaron un impronta imborrable en su vida, años que Satur supo aprovechar para mejorar su preparación intelectual y política. 
Lo que vino después de su liberación no se parecía en nada a la reinserción e integración en una sociedad reconciliada y justa. El Franquismo siguió aplicando contra los resistentes la represión política, la exclusión social, el boicot administrativo, el acoso policial y el miedo constante a la a delación traicionera y la detención inminenteLo más insidioso contra los luchadores fue la represión contra su familia.


El tío Cacharrito y el burro Pesetero (cuento tradicional)


as carreteras actuales, tan bien preparadas para el tráfico rodado, han sido durante siglos caminos de tierra mal arreglados por los que circulaban carreteros y muleros que iban a  comerciar a los pueblos toledanos y extremeños. El antiguo camino de herradura que cruzaba la Jara de norte a sur unía varias aldeas desde Talavera a Herrera del Duque; por él había circulación, pero a velocidad de a pie o de pezuña.
         Esto era un cacharrero que, cansado de las horas de camino bajo el sol, llegó a la posada de la plaza del pueblo para pasar la noche, camino de la Siberia extremeña. Traía una retahíla de mulas cargadas de mercancía y un burro viejo, que iba el último. Quería venderlo y no sabía cómo; no pensaba que fuera a comprárselo nadie con lo viejo y malo que era ya. En sus largas horas de camino había ideado un truco para enganchar a alguno de los patanes de los pueblos y venderle el burro. Se inventó el cuento de que cagaba pesetas y urdió el plan de trabajo: primero le daría un palo en el culo con una vara delante de los hombres del pueblo y segundo arrojaría disimuladamente las monedas al suelo; aunque tampoco era mala idea meterle seis pesetas en el culo y hacerlas caer a palo limpio. Se decidió por el segundo método.
         Al atardecer llegó a la posada y pidió al posadero una habitación con el suelo muy limpio, pero no para él: para el burro que traía, que era mágico decía y que iban a hacer una demostración pública de la maravilla.
Pero bueno, ¿Cómo que quiere una habitación limpia y sin muebles?
Para mi burro Pesetero
¿Por qué le llama Pesetero?
Es que el burro caga pesetas.

      Tío Cacharrito, que así se llamaba el tunante, también insinuó al posadero que el animal haría ricos a quienes se lo compraran.
     Todos los que volvían del campo al atardecer se enteraron de la noticia: era la bomba. Tío Felipe, aún cubierto de polvo y sudoroso del trabajo de la jornada, no se podía creer lo que oía: su mujer le estaba diciendo que vendían una nueva especie de animal que cagaba pesetas y un tonto de cacharrero lo quería vender… porque era viejo, seguro que no llegaba a Extremadura decía, y porque a él ya le había dado bastante dinero.

la hora anunciada todos los del pueblo pasaron a la habitación del burro, la más limpia de la posada, la de suelo de baldosas relucientes, y se dispusieron alrededor mientras que tío Cacharrito y su burro ocupaban el centro: había extendido una manta de lana blanca a los pies del borrico y ya empezaba a hablar sobre la maravilla: decía abiertamente que quería venderlo porque era viejo, pero que tenía un don que no dejaría a nadie indiferente: cagaba pesetas, podía hacer rico a su dueño en poco tiempo, eso sí sólo cagaba tres pesetas al día; a veces las ponía por la noche como las gallinas el huevo y por la mañana al entrar en la cuadra el dueño se encontraba con las monedas en medio del suelo impecable. Si no encontraban nada por la mañana recomendaba utilizar con moderación el método de la vara porque con los golpes se podía perder la gracia que tenía la bestia de cagar dinero.
         Como no era cuestión de esperar a la noche a que el burro pusiera las pesetas, el arriero cogió la vara y le dio el primer golpe; la moneda salió rodando y se perdió entre pies enormes calzados de abarcas, alpargatas o descalzos, que se agarraron más si cabe al suelo cuando vieron el milagro. Al mismo tiempo se oyó un grito de admiración en toda la posada y se abrieron ojos incrédulos que seguían el recorrido de la peseta que rodaba por el suelo. Luego vino el segundo estacazo en las ancas del animal y la segunda peseta.
  Lo vendo por tres mil pesetas pero el trato tiene que hacerse esta tarde, que tengo prisa en llegar a Extremadura: Hay un negocio al que llevo género, que no puede esperar. ¿Quién lo compra?
      Tío Felipe era uno de los pocos que disponía de dinero contante y sonante porque había vendido hace poco unas tierras de su mujer. Habló con tío Cacharrito mientras los demás se lo pensaban. Como estaban de acuerdo en las condiciones se dieron la mano y quedaron en verse en la posada una hora después para hacer el intercambio. Allí se presentó tío Felipe con los billetes, recibió el burro, se dieron la mano otra vez para sellar un pacto más sólido que una piedra y le invitó al vendedor a un chato de vino para celebrar el contrato. Nada más salir el comprador, tío Cacharrito puso tierra de por medio y desapareció con sus mulas por el camino de Herrera del Duque sin dejar ni rastro: al final resulta que nadie sabía quién era, de qué pueblo venía, ni cómo se llamaba.





      Tío Felipe se llevó el burro a su cuadra, lo puso al lado del más grande de los pesebres, le dio el mejor forraje, sacó el estiércol, barrió el suelo para que estuviera cómodo y roció la estancia con Zotal para eliminar pulgas y otros bichos; hizo todo lo posible para que no le faltase de nada: comía y bebía a su antojo, y de sacarle al campo a trabajar… ni hablar. Sólo quedaba esperar al día siguiente a ver si cagaba las pesetas diarias como lo había asegurado su antiguo amo. Al día siguiente muy de mañana entraron su mujer y él en la cuadra y miraron bien en el suelo limpio. No vieron nada, a no ser que las pesetas hubieran rodado. Buscaron, barrieron otra vez, pero nada. Entonces, cansado de buscar, tío Felipe recordó que había una manera más rápida de conseguir la peseta, pegarle un palo en el culo, como lo había visto hacer en la posada.
         Tuvo suerte: el burro rebuznó y dio coces pero al final cagó las tres pesetas que le quedaban. Satisfechos con su adquisición pensaron que quizá podían sacarle más partido; a lo mejor podía pedir por el borrico el doble o el triple pero no allí en el pueblo sino en la feria de Talavera, adonde venían tratantes de toda la comarca.

         Por todas las carreteras de los alrededores acudían campesinos con sus familias porque era día de mercado. Los jareños y pacenses por el sur, los de la Campana de Oropesa y la Vera por el oeste, los abulenses de Arenas por el norte y por el este los toledanos del centro y oeste de la provincia. A las seis de la mañana ya se apreciaban las siluetas de los tratantes, labriegos, lañadores y comerciantes de todo pelaje. Los hombres iban delante, con los andares inconfundibles de los labradores, con las espaldas encorvadas y las piernas arqueadas, deformadas por los trabajos del campo, por el peso del arado, por la siega, que obliga a espernancarse para tener una postura estable, por tantas tareas inacabables de sol a sol. Llevaban una blusa azul recién planchada que se volaba con el viento; algunos al verse desfalijaos se arremetían el harapo; pero la primera racha de viento los hinchaba como balones. Sólo faltaba que los elevara por el aire como pompas de jabón, de las que sobresalía una cabeza, dos brazos y dos piernas.
         En la posada Román se reunían a comer y a tomar café los tratantes y la aristocracia del arado de los pueblos de la Jara. En el patio dejaban los burros y las vacas atados a una maroma, con una bolsa de forraje colgada de la cabeza. En la sala del comedor se roía igual que en el corral: ruidos de platos, de sopa que era sorbida en poco tiempo, de cortes de cuchillo trinchando, de muelas triturando torreznos y colmillos desgarrando costillas. Cada cual contaba cómo le habían ido los tratos de la mañana, preguntaban por la marcha de la cosecha, que si el tiempo era bueno para sembrar patatas, pero tardío para los nabos.
         Terminado el almuerzo, tío Felipe se fue a la Alameda con el burro del ramal, lo ató a un árbol y se puso a barrer alrededor para conseguir la misma limpieza del establo de su casa donde lo tuvo un día antes. Hizo saber a todos los tratantes que tenía un burro que cagaba pesetas y la noticia no tardo en correr como la pólvora entre los grupos de gitanos y aldeanos que estaban atentos a todo.
Es que mi burro caga pesetas explicaba él.
Pero bueno ¿Cómo que caga pesetas? A ver demuéstrelo que lo veamos todos.
         Acudió todo quisque. Pero al hacer la prueba la cosa ya no funcionó. Al burro pesetero se le habían acabado las pesetas. Lo dejó derrengado a fuerza de palos porque no cagaba ninguna moneda. Y claro, imagínate el público: menos mal que se lo tomaron a risa, que lo podían haber molido a golpes a él por tramposo. Entre bromas y carcajadas de unos y otros Felipe salió de allí como alma que lleva el diablo, con un cabreo monumental y unas ganas terribles de coger del cuello a tío Cacharrito y hacerle pagar el engaño y la humillación que le había hecho pasar. Juró vengarse y no descansó hasta encontrar al cacharrero.

        
        Lo encontró en Castilblanco vendiendo peroles y sartenes. Después de asegurarse de que nadie se percataba lo secuestró, lo amordazó, lo ató de pies y manos y lo metió en un saco. Y hala, se trajo hacia Talavera las mulas, los cacharros, el burro pesetero y a tío Cacharrito terciado encima, dentro del saco, que tenía preparada una venganza terrible: tirarlo al río con una piedra atada a los pies.
        Las ansias de revancha de tío Felipe era tan grandes que no le dejaron hacer un descanso en el largo camino hacia el puente del Tajo. En dos días y una noche recorrió las veinte leguas. El pobre burro Pesetero, con el hombre a cuestas, no paraba de sufrir: después de los palos que le habían dado en los últimos días, y ahora la carga y el viaje…
      A cien metros del Puente de Hierro tío Felipe se paró a buscar en la cuneta la piedra que le serviría para atarla de los pies de Chacharrito; aprovechando el momento que se quedó solo este empezó a clamar repetidas veces desde dentro del saco:  
¡Ay, que me llevan a ser rey y no quiero! ¡Ay, que me llevan a ser rey y no quiero!


      Un pastor, que estaba cuidando un hato de ovejas al borde del camino, lo oyó. Se acercó al saco que hablaba y contestó:
Pues yo sí quiero ser rey, así que le cambio a usted el puesto.
Vale, trato hecho. Desata el saco, déjame salir y te pones tú. Seguro que tendrás de lo mejorcito en tu reino.
      Dicho y hecho: el cambio se hizo rápidamente, antes de que volviera Felipe con la piedra. Cuando la hilera reanudó la marcha ya le había metido el trozo de peña a los pies del saco y se aseguró de que la boca estuviera bien atada. Dentro, el pastor no cabía en sí de gozo.

      Tío Felipe llegó al puente de Talavera, cogió el saco al hombro, se acercó a la barandilla y lo tiró al río: «Hala cabrón a ver si ahora engañas a los peces». Satisfecho con la venganza se dispuso a volver a su pueblo.

       Pero al desandar el camino se encontró con Cacharrito cuidando el rebaño a poca distancia de la carretera:
Pero hombre, tío Cacharrito, ¿Qué hace usted por aquí? ¿Cómo puede ser, si acabo de tirarle al río y ahora le veo con cien ovejas?
¿No sabes eso de que «El que quiera un hatajo que se tire del puente abajo» ?
Pues volvamos rápido que quiero llegar a ser rico lo antes posible contestó Felipe.
     Volvieron y el pueblerino se tiró al río de cabeza. Mientras se hundía en el remolino Cacharrito solo amagaba:
Adiós, buen hombre: el que quiera un atajo que se tire del puente abajo. 
     Y dejándolo ahí este volvió con su rebaño y su burro a sus cacharros.



Para saber más:

Enlace | Cuento de hadas de la tradición europea: Piel de Asno de Charles Perrault, en el blog del escritor Luis López Nieves

Inserción de Youtube | Trailer  de la Película Piel de asno - Peau d'âne (1970) 

Leyendas del tesoro de Sevilleja



Cuando éramos chicos las leyendas de tesoros escondidos en el campo nos alegraban más que ninguna otra. No se hablaba más que de eso; era nuestro entretenimiento hasta que llegó la radio y la televisión.

Cueva de Moraleda

 
Soñar un tesoro: Había gente que soñaba tres noches seguidas con el emplazamiento exacto de un tesoro y la tercera vez era la señal de que era verdad; a veces, acertaban, como uno que vino de Madrid porque había soñado con un tesoro escondido bajo un poyo sobre el que dormía una cabra negra. Vino al pueblo, buscó y lo encontró. Sin embargo un caso desafortunado fue el de una señora de La Mina de Santa Quiteria que soñó con un tesoro escondido en la cueva de Moraleda; no se encontró nada a pesar de la exploración exhaustiva del alcalde pedáneo y otros hombres que se metieron hasta el fondo con lámparas de carburo.


 

La encina que está en el centro de la Casquera Redonda de la sierra; dicen que debajo de la encina hay un tesoro, a diez metros, pero no se sabe en qué dirección se encuentra el punto exacto. ¿Al norte? ¿Al sur? Seguro que muchos lo han intentado a escondidas, como se aprecia en las zanjas que hay excavadas repartidas por la casquera. La creencia es que debajo de la encina hay una serpiente que lo custodia; el que la vea tiene que escupir sobre ella para librarse de su ataque y luego tiene que dejarse lamer la cara. O quizá responder a los enigmas que pueda plantearle como la esfinge del mito griego.

Encina de la Casquera
Las partidas carlistas que tenían su guarida en la sierra escondían el producto de sus rapiñas en el campo, desde alimentos hasta dinero: queso, manteca, carne en aceite guardada en parras y escondida bajo tierra. Muchos, persiguiendo a conejos con perros, han entrado en las madrigueras, las han agrandado y han hallado las parras con conservas. Uno de ellos fue el padre de Domingo y su hermano. Encontraron al pie de una casquera, dos parras con restos de huesos, restos de costillas en manteca; siguieron cavando alrededor pero no hallaron dinero. Al día siguiente volvió el hermano solo; como siguió cavando en la base de las piedras de la casquera, estas se vinieron abajo y lo aprisionaron en el hoyo. Pidió auxilio y acudieron algunos labradores a sacarlo de allí. Los campos estaban llenos de gente en aquella época, no como ahora, que no ves a nadie. Cuando Eusebio se cayó al pozo de la mina también había gente por allí; si es ahora no se salva. 

Hay más casos verídicos de estos hallazgos en el campo, por ejemplo el caso de Paco, el Labrador —todos eran labradores, pero se conoce que le apodaban así—. Y entonces el padre le dijo que fuera a la sierra a por leña, porque la sierra sería de dominio público, que iba todo el mundo y cortaba la leña que quería… total que el hombre se fue, se puso a cortar una encina, y venga darle a la encina, y venga a darle a la encina y a la encina le quedaba mucho trozo; era una encina que estaba como podrida, pero que tenía hueco. Y ya se cansó dijo: “Pues lo que hago yo es que prendo la encina y cuando venga mañana la encina está en el suelo”. Y así lo hizo, y al día siguiente fue a hacer la leña y, fíjate, contó que se encontró como trozos de parra, de parra de barro, parras de esas de dos asas, rotos y llenos de escoria.
Y que se trajo las escorias y las llevó al boticario del pueblo, a este don Manuel Corroto Ollero, que era una persona entendida. Entonces este le dijo que eran escorias de oro, de plata y de cobre. Y añadió: “Pues, chico, has quemao tu suerte”.

Amador González contaba el caso del jefe de la partida callista que anduvo por estas sierras a finales del siglo diecinueve. La partida iba siempre a caballo y, en los pueblos, buscaba al alcalde para pedirle forraje y aprovisionamiento. En la que vino a Sevilleja había uno del pueblo. Buscaron al alcalde, que estaba arando en la dehesa, le abordaron y le pidieron aprovisionamiento. El alcalde aprovechó para entablar conversación: 
¿Cuándo te retiras?
—Ya pronto. Tengo escondido dinero suficiente para dejarlo y ese dinero oye todos los días el toque de las campanas de la iglesia. 
Después siguieron su camino hacia Anchuras. Al jefe lo hallaron una vez bañándose en el río Estenilla. Allí le emboscaron, le dispararon y le hirieron; pudo escapar malherido pero murió, por lo visto, en el monte, desangrado. Lo encontró un pastor de Anchuras. Tenía las botas llenas de billetes y monedas; el pastor se hizo rico y enriqueció a toda su descendencia hasta hoy. 
Era famosa la frase de la mujer del cabecilla que decía: “Quién quite las botas a mi marido no vuelve a trabajar en su vida”. Entonces, claro, se desveló el verdadero sentido de lo que decía. 

Circulaban también otras frases que hacían referencia a los tesoros escondidos en estas sierras. Una quizá la pronunciara un rebelde, un moro: “Sierra de Altamira, ¡ quién pudiera darte la vuelta (o siete vueltas) !” Todos querían desentrañar los secretos del suelo de la sierra. Hay otras versiones de estas exclamaciones, como aquella que cuenta que algún carlista, cuando se alejaba de esta comarca, miraba hacia atrás suspirando: "¡ Ay Sierra de Altamira, cuánto oro y plata tienes mía !" Por lo visto los que le acompañaban estaban muy atentos a todo lo que decía.

Tía Josefa, la Facciosa, una de ellos, llevaba siempre dos caballos en sus correrías por La Jara y cuando la perseguían las fuerzas liberales de Belvís, de un brinco se cambiaba de caballo para no cansar demasiado a uno sólo. Como la apresaron, pasó mucho tiempo en la cárcel y al salir, yendo por el camino de La Nava a Sevilleja, uno de los de su cuadrilla, que era del pueblo, la oyó cantar coplas : 

En la Sierra Sevilleja 
hay mucha plata escondida; 
el labrador que la encuentre
no vuelve a arar en su vida. 

−Por lo visto tuvo tiempo de componer coplas en la cárcel. 
−Pues ya podía haber apuntado el lugar en un papel. Ahora, sin planos, ¡ a ver quién lo encuentra!

   
uenta la leyenda el caso famoso del tesoro de los dos hermanos: Trabajando cerca del Venero, chorrera donde nace el arroyo de la Garganta, un campesino del pueblo se encontró con un jefe de partida carlista que estaba escondiendo algo debajo tierra; el carlista le amenazó de muerte si revelaba lo que había visto. Has de saber, desocupado lector, que en aquellos tiempos los campesinos tenían miedo de salir al campo, no había fuerzas del orden que los defendieran de los delincuentes. El pobre hombre no dijo nada hasta el final de sus días, cuando, ya cerca de la muerte, contó a su amigo Rufino el tabernero lo que le había pasado muchos años atrás. 

Un domingo a la mañana Rufino, con la azada al hombro, fue a la pedriza al lugar que le habían señalado; después de cavar y cavar durante horas allí no aparecía nada; empezó a tener dudas sobre la veracidad de la información. A media mañana comenzaron a tocar a misa. El hombre, desengañado, dejó allí su trabajo y, muy religioso, se vino al pueblo a asistir a misa, también para no levantar sospechas, que en domingo no se trabaja.
Al día siguiente volvió al Venero a retomar el trabajo donde lo había dejado. Entonces de nuevo volvió a oír las campanas pero esta vez doblaban porque había muerto uno en el pueblo y esto le impresionó y se bajó. Es, pues, de saber que la gente de antes tenía sus supersticiones, sus temores y se vino.
En el camino se encontró con su hermano y cometió el error de contarle lo que había pasado y lo que había encontrado. 
— ¿De dónde vienes, adónde vas?
— Pues mira, que me he soñao un tesoro, y vengo de cavar y cavar pero que no aparece. Me he cansao, lo dejo y me vuelvo.
Torre de la iglesia y Casquera (1968)

Tio Juan Cristina, que así se llamaba el hermano, más despreocupado, aprovechó la ocasión para llegar hasta el lugar que le había dicho su hermano mientras este se volvía a casa doblado del esfuerzo. Se conoce que este estaba muy cerca del hallazgo cuando lo dejó. Juan desenterró sin problemas un puchero lleno de monedas de oro y se lo apropió. Luego, lo escondió en su casa de la Garganta, esa que después fue del molinero Román. 

Es pues el caso que tío Juan escondió su dinero dentro de los montones de trigo de la troje y de hecho iban a robarle porque la noticia  fabulosa había corrido como la pólvora por el pueblo y por toda la comarca y atrajo la atención de los bandidos; por las noches solían acudir bandoleros de la Mancha y cuatreros de la Jara a asaltar la casa pero ninguno pudo entrar a la fuerza ni por la puerta ni por el tejado porque la defensa era muy efectiva:  tenía la puerta unos cerrojos poderosos que resistieron los golpes de los asaltantes. Además colaboraban en la defensa los hombres del pueblo que tenían escopetas. A la más mínima sospecha se tocaba a rebato y se daban voces de aviso. 

Como tenía varias vacas negras de las vacadas que había entonces en el pueblo pues, muchas veces, al entrar las vacas, los cuatreros, más astutos, se metían entre el ganado y él no los podía ver porque no había luz eléctrica. Era al anochecer y cuando había oscurecido, pues iban y los atacaban claro, que les dieran el dinero. Entonces se lo daría o lo buscarían ellos...

Todavía en 1908, al presentarse en la casa tras un aviso, los escopeteros del pueblo encontraban a tio Juan Cristina y a su mujer amordaza'os, con un pañuelo apretado en la boca, que no podían hablar, las manos atadas, asustados.

Algunos piensan que después de tantos asaltos los ladrones consiguieron llevarse una parte del tesoro, otros creen que no pudieron entrar ni llevarse nada porque tio Juan Cristina supo esconderlo de la mejor manera posible, que en esto hay alguna diferencia entre los autores que este caso cuentan.




Parte de un tesoro hallado en La Jara en 2002



Sobre la propiedad de los hallazgos histórico-artísticos en el campo ha escrito unos comentarios interesantes en su blog Juan Bautista Moreno Román : 

Enlace | La propiedad de los tesoros



En busca del tesoro de la sierra



PUBLICACIONES DE 1999




 El Periódico de la Jara, año I, nº 2, mayo-junio 1999

  El Periódico de la Jara, nº 3, agosto 1999

REVISTA 1994



La leyenda del tesoro de Sevilleja, escondido en la sierra, ha generado relatos y leyendas como el publicado en esta revista: "El tesoro escondido". Es tan grande la fuerza de la leyenda que todavía hoy suben los curiosos a la pedriza central (la Casquera Redonda) a buscar algún indicio de la fabulosa fortuna que se esconde entre las piedras. Picados por la curiosidad decidimos ponernos las botas y subir con cuidado. No es una excursión recomendable por el peligro que entraña ir saltando de piedra en piedra; asimismo, para salir, es preferible continuar subiendo hacia las diez menos diez de la esfera hasta enlazar con el camino de mantenimiento de los postes eléctricos y evitar así la peligrosa bajada.

Presentación de diapositivas: (pulsar sobre la imagen para avanzar)

PUBLICACIONES DE 1993


Cómo se crea una leyenda

Como el tema del "bandido generoso" ha suscitado cierto interés dejo aquí algunos recursos para los interesados:

Los hechos históricos y el personaje:





Imagen

Reconstrucción del salvoconducto que Moraleda entregó a Valentina Gutiérrez Ollero, un pañuelo bordado en el que se aprecia el contorno del mapa de España.